El corazón, dicen, tiene forma de patata

Esta es una historia de amor sin más protagonistas que la propia historia. No hay él, no hay ella. Solo una historia.


¿Acaso no nos enamoramos siempre de la historia?

 

Las historias de amor, dicen, tienen forma de patata. Porque patatas hay muchas, tantas como corazones.


Hay patatas grandes, patatas pequeñas, patatas para freir, patatas para cocer, patatas para asar y patatas para hacer puré. 

Patatas baby, patatas viejas, patatas podridas, patatas germinadas. Patatas sensibles a la luz, patatas rojas, patatas blancas, patatas harinosas y patatas ... no harinosas. Patatas con denominación de origen, patatas salvajes, patatas bravas, papas arrugas y papas & the mamas.

 

No obstante, todo esto no es más que un mero postureo de patatas. 

 

En el fondo todas son iguales, como los corazones. Germinan, crecen, absorben, se ensanchan, se emocionan, lloran, se mojan, se secan, se encogen, se agotan, se conmueven, aman, odian, desprecian, estallan, revientan, se desintegran, resurgen de las cenizas, saltan, se ponen a 100, algunas incluso a 1000. Se enfrían, se encierran, exigen atención, construyen muros, los destruyen, se aislan, se esconden, se pierden, se encuentran, se niegan, se asustan, se arriesgan, tiemblan, apuestan, juegan, dudan, a veces aciertan, sin embargo ... jamás se equivocan.

 

Esta patata es el origen de todas las historias de amor: ingeniería pura de marcapasos y válvulas de escape capaz de acumular, fluir y drenar amor. Para dosificarlo. Para que no estalle. Por si acaso.

Debería estar prohibido quererse tanto. O eso dicen.

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